En consulta cada vez es más frecuente escuchar frases como: “Estoy repitiendo el destino de mi abuela” o “Cargo con traumas que no son míos”.
Muchas de estas ideas se apoyan en el discurso de las constelaciones familiares, un enfoque que plantea que conflictos no resueltos de generaciones anteriores influyen directamente en nuestra vida actual. La narrativa es potente y tiene coherencia emocional; pero ¿tiene respaldo científico?
Las constelaciones familiares proponen que existe una memoria sistémica o lealtad inconsciente que transmite traumas a lo largo del linaje. Sin embargo, hasta la fecha, no existe evidencia empírica sólida que demuestre la transmisión energética, inconsciente o “sistémica” del trauma tal como se plantea en este modelo.
En paralelo, la epigenética —un campo legítimo de la biología— ha estudiado si experiencias como el estrés intenso pueden dejar marcas en la expresión genética. Esto ha generado titulares que parecen confirmar la idea de que “el trauma se hereda”. No obstante cuando revisamos la literatura científica con rigor, la conclusión es más prudente.
Yehuda y Lehrner (2018) señalan que, aunque existen asociaciones entre trauma parental y ciertos marcadores biológicos en hijos, no se ha demostrado de forma concluyente la transmisión epigenética transgeneracional del trauma en humanos. Es decir, no hay evidencia sólida de que una experiencia psicológica se herede biológicamente de generación en generación.
Además, Horsthemke (2018) recuerda que durante la formación de óvulos y espermatozoides ocurre una reprogramación epigenética que tiende a borrar la mayoría de marcas adquiridas. Esto hace poco probable que experiencias vitales se transmitan intactas a futuras generaciones.
Entonces, ¿por qué vemos patrones repetidos en las familias?
Aquí la psicología clínica tiene respuestas más sólidas:
Lo que sí se transmite —y con amplia evidencia— es lo relacional.
Se transmiten estilos de apego.
Se transmiten formas de regular (o no regular) emociones.
Se transmiten creencias sobre el mundo y sobre uno mismo.
Se transmiten dinámicas de comunicación.
Un sistema nervioso desregulado puede criar a otro sistema nervioso hipersensible. Y eso no requiere explicaciones místicas ni genéticas extraordinarias. Desde una perspectiva basada en evidencia, es importante distinguir entre metáforas terapéuticas y mecanismos biológicos demostrados. Las constelaciones pueden ofrecer experiencias subjetivamente significativas para algunas personas, pero no equivalen a evidencia científica sobre herencia del trauma. Y esto no quita esperanza. Al contrario. Si lo que se transmite es principalmente relacional, entonces también puede transformarse en relación. La psicoterapia, los vínculos seguros y la regulación emocional generan cambios reales y medibles.
No estamos condenados por el pasado de nuestro linaje. Estamos influidos por él, sí. Pero no determinados. Tal vez la pregunta no sea si llevamos el trauma en el ADN, sino qué hacemos hoy con las experiencias que nos moldearon.
Chema Mateu
📚 Para saber más
Si te interesa profundizar en la evidencia científica sobre trauma intergeneracional y epigenética, estas son algunas referencias clave:
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Yehuda, R., y Lehrner, A. (2018). Intergenerational transmission of trauma effects: putative role of epigenetic mechanisms. World Psychiatry, 17(3), 243–257.
Revisión ampliamente citada que analiza la evidencia disponible sobre transmisión intergeneracional del trauma y señala que, en humanos, no existe demostración concluyente de herencia epigenética transgeneracional estable. -
Horsthemke, B. (2018). A critical view on transgenerational epigenetic inheritance in humans. Nature Communications, 9, 2973.
Análisis crítico que explica por qué la reprogramación epigenética durante la gametogénesis dificulta la transmisión estable de marcas adquiridas y advierte contra interpretaciones exageradas.