Antes de hablar de psicología
Hay mañanas en las que salgo a correr temprano, cuando todavía no hay casi nadie en la calle. El ritmo de la respiración, el sonido repetido de las zapatillas contra el suelo, las ideas que aparecen sin forzarlas. Muchas veces pienso que ahí, en ese movimiento sencillo y constante, hay algo muy parecido a lo que intento hacer en terapia: avanzar poco a poco, sin épica, pero sin detenerse.
No siempre supe que acabaría siendo psicólogo. Sí sabía que me interesaban las personas. Durante años he trabajado como educador en un centro de secundaria con chicos y chicas con diversidad funcional. En el aula aprendí algo que no aparece en los manuales: que la conducta siempre tiene una razón, aunque no la entendamos al principio. Que detrás de un enfado, una evitación o una aparente desmotivación, casi siempre hay una necesidad no atendida.
Esa mirada me acompañó cuando empecé a ejercer en clínica. Me considero conductista, sí, pero con una influencia clara de la psicología social. Me interesa menos la etiqueta y más el contexto. Menos “qué le pasa a esta persona” y más “qué está pasando alrededor para que esto se mantenga”. Quizá por eso me siento un poco rara avis en la clínica. Pero me resulta honesto.
En casa hay una caja —en realidad varias— con unos 300 lápices. Los he ido guardando con el tiempo. Algunos son regalos, otros comprados en viajes, otros simplemente me parecieron especiales. Me gusta pensar que cada lápiz tiene una historia que todavía no ha sido escrita. A veces siento que acompañar procesos terapéuticos es algo parecido: ayudar a que alguien escriba una parte distinta de su propia historia.
Durante un tiempo me apasionó el modelismo. Pasaba horas concentrado en piezas minúsculas, ensamblando con paciencia casi quirúrgica. La vista cansada me obligó a dejarlo. No fue dramático, pero sí fue una pequeña lección sobre aceptar límites. Sobre entender que cambiar no siempre es elegir; a veces es adaptarse. Y eso también lo veo mucho en consulta.
Me gusta el contacto con la naturaleza. Caminar por el campo me recuerda que casi todo funciona por procesos y no por impulsos. Que crecer lleva tiempo. Que forzar no suele dar buen resultado.
Y luego está la comida. La cocina como espacio creativo, como pausa. La comida peruana, en especial, me fascina: esa mezcla de culturas, ese equilibrio entre intensidad y armonía. Tal vez me atrae porque tiene algo de integrador, como la psicología que intento practicar.
No escribo este blog porque tenga respuestas definitivas. No me interesa ocupar un lugar de autoridad distante. Trabajo desde modelos basados en la evidencia, sí, pero sobre todo desde la escucha. Desde la convicción de que nadie es un problema en sí mismo; las personas están intentando adaptarse a circunstancias concretas.
He visto mucho sufrimiento. Ansiedad que aprieta, tristeza que se instala, autoexigencia que no da tregua. Pero también he visto cambios que empiezan con algo pequeño: entender una función, modificar una contingencia, ensayar una conducta distinta.
Este espacio nace desde ahí. Desde la experiencia acumulada como educador, como clínico y como persona que sigue aprendiendo.
Si estás aquí, no necesitas ser ejemplo de nada.
Solo ser humano.
Y eso, créeme, ya es suficiente para empezar a trabajar.